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Añoranzas.

Al Palmar del Oratorio
a los muchos años volví,
y al compás de los recuerdos
me alegré y también sufrí.

Al ver lugares que conocía
recordé con cariño
las travesuras que hacía
cuando era niño.

Galopando en mi caballo
recorría todingas las praderas,
desde el mismo Oratorio
hasta el rincón de las Taperas.

En los bosques más cercanos,
de añosos cupecises,
entre tupidos garabatales
espiando tapitices.

Con mi honda de resorte
y palca de guayabo,
cazaba chaicitas, perdices
y no escapaba cuyabo.

La esquina de doña Ezequiela
que era el centro del lugar,
donde la gente se reunía
para la fiesta mirar.

El juego de la sortija,
la riña de gallos,
y el tradicional palo encebao
y el chivo de a caballo.

El atajao del arroyo
que era el balneario de la población
donde doña Mercedes Paz
llegaba en su carretón.

Extensas arenas,
con hermosísimas dunas,
entre frescos paúros
y cristalinas lagunas.

Era el lugar de veraneo
de mayor preferencia,
adonde las familias cruceñas
mantenían cómodas residencias.

¡Ay pero con cuánto dolor!
en silencio mi corazón lloró,
cuando llegué a saber
que el arroyo se secó.

Desesperado corrí a preguntarle
a doña María Pura
y a doña Clotilde Canseco
porqué el arroyo está seco.

¿A quién debía reclamarle,
si ya no había don Baldomero,
don Herminio, don Nicasio
ni tampoco el profesor Montero?.

Busqué a Marcial, a Eulogio, Nemesio,
Crisóstomo, Lázaro, Cristián,
por donde andaba preguntaba
pero nadie me contestaba.

-Oíga, qué fue del arroyo,
a un joven le pregunté,
y con nostalgia me constestó
-Señor, yo, ya no lo conocí.

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